lunes, 21 de abril de 2014

Los psicólogos también lloran

Recuerdo la primera vez que lloré mientras atendía a un paciente, han pasado ya unos veinte años de ese día. Era un muchachito de 19 años. Inteligente y con un maravilloso sentido del humor, pero ese día no se lo veía animado como otras veces. Ya había perdido parte de la visión por causa del HIV y, con todo, su ánimo no se opacaba. Había salido airoso de varias situaciones extremas en sus internaciones, le hacía gambetas a la muerte. Esta sesión llegó serio. Le habían entregado los resultados de sus análisis. Me dijo: "tengo tan pocos CD4 que podría ponerles nombre..."dejó caer los papeles de los análisis y se quedó mirándolos y ocultando sus lágrimas. Yo estaba en mi sillón individual y él en en sofá de tres cuerpos frente a mí. Me levanté y me senté a su lado. Tomé su mano y eso fue suficiente para que se abrace a mí como si temiera caer a un precipicio. Así nos quedamos la sesión entera. Sin pronunciar palabra. Silenciosos en el abrazo mientras lo oscuro volaba a nuestro alrededor. Cuando era la hora, lo miré fijamente y le dije: no sabemos qué va a pasar; nadie puede saberlo, pero yo estoy aquí y vos también, y la próxima vez estaré nuevamente y espero que vos también. Y sí, estuvo esa y muchas, muchas otras sesiones; hasta que nos despedimos pues se enamoró y se fue a vivir con su amor a los Estados Unidos.

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