jueves, 24 de septiembre de 2015

La forma y el contenido

Hace pocos días estaba dando un taller en el sur de Brasil, después de un día entero de trabajo muy intenso y en la mitad del segundo día y me propongo trabajar con el caso de un hombre que había sentido un dolor físico que lo acompañó la vida entera. Como es lógico, mi trabajo requiere un estado de concentración muy grande y para ello debo silenciar mi mente y hacer contacto escuchando atentamente a la persona con la que trabajaré. No es sólo la palabra sino también los tonos, los cambios, las pausas, todo dice algo, la posición, la mirada, los gestos... todo es parte de ese conglomerado significativo al que llamamos comunicación.

Todo iba bien hasta que desde el fondo del salón una participante del taller que ya había trabajado su tema, me interrumpe. Le pregunto que necesita y me dice que quiere hacerle una pregunta al participante con el que estaba trabajando. Es usual que las personas no conozcan el método de trabajo y que confundan el taller con un grupo terapéutico en el cual las preguntas entre los participantes son válidas sin embargo en un taller y con un tiempo acotado no podemos dar lugar a debates sobre cada caso. Le dije que no podía en ese momento. Volví a mi entrevistado y continué pidiendo información para encontrar algo donde entrar a su escena. Encuentro un punto lo suficientemente intenso y comienzo con su historia de la que obviamente no revelaré detalles. Seguidamente mientras estoy trabajando en la escena y van comenzando a  emerger los datos, la mencionada participante vuelve a interrumpir, pidiendo la palabra me llama. Salí de mi atención en el paciente y le dije que se quedara calma, mejor era que no se involucrase en ese momento con el trabajo presente pues ella ya había trabajado su tema y era importante quedarse en contacto con ese tema, aprovechando que mucha información había surgido.

Volví a mi  trabajo, nuevamente debo concentrarme pues las interrupciones me habían hecho olvidar lo que iba a proponer, finalmente retomo el hilo y continúo el trabajo y  pocos minutos después una tercera interrupción.

Tengo una regla para poner un límite a un adulto, que casi siempre me ha funcionado, y es primera vez lo pones con calma, la segunda vez explicas además por qué el límite, la tercera tendrás que ponerlo con fuerza, pues es obvio que no hay posibilidad de registro de dicho límite o intención de respeto.

Esta vez tuve que hacer explícito que necesitaba concentrarme para llevar mi trabajo adelante insistió que quería decirme algo de la persona con la que estaba trabajando... y le dije que ya tenía la información que necesitaba y que por favor me dejara trabajar.

Obviamente no lo tomó bien, pues quien no respeta un límite es porque se siente con el derecho a hacer lo que hace, y no entiende que está invadiendo el terreno de otro, o que está perturbando el campo de trabajo; simplemente quiere tomar un espacio. Dicho y hecho, se aproximó a mí en el intervalo diciendo que la había maltratado y esperando una disculpa.

Le dije que muy por el contrario, le había puesto las primeras dos veces el límite con cuidado, cuidando incluso de su proceso personal y recomendando que se enfocara allí, pero la tercera vez,  viendo que no iba a detenerse, tuve que preservar a la otra persona con la que estaba trabajando, y cuidar también de mi espacio de trabajo colocando un límite tan claro que sea imposible ignorar. Entonces le expliqué que a mi me había resultado violenta su insistencia, pues que un adulto me fuerce a poner un límite semejante y en presencia de más de treinta personas me resulta violento.

El sólo hecho de tener que poner un límite a otro adulto es difícil aunque a veces es necesario, de lo contrario nos estaríamos sometiendo todo el tiempo a los deseos y caprichos de los otros; pero ponerlo una segunda y una tercera vez, es sumamente perturbador. Cuando tienes una responsabilidad que abarca a un gran grupo de personas, siempre hay que priorizar al todo y no a la parte. En mi caso había otras treinta y cuatro personas en el taller, y tampoco podía permitirme que siguiera el día entero tratando de hacer mi trabajo, por más que crea saber cómo hacerlo.

Estoy seguro de que, detrás de esa demanda, ella necesitaba tener un lugar, un protagonismo en ese proceso de sanación a veces maravilloso que se da en un taller. Ella había recibido algo importante cuando trabajó y quizás quería aportar, devolver algo de lo recibido y ese puede ser el costado difícil, y es que generalmente hay un buen motivo detrás de cada conducta que nos agrede o nos incomoda. A veces no es la mala intención lo que mueve a alguien a desoír los límites, sino el entusiasmo por hacer algo que cree importante. Su buen motivo debía, sin duda, estar allí, pero el momento y la forma que eligió desvirtuó el sentido de lo que quería hacer,  la forma desvirtuó el contenido.

Por ello, en cada mensaje que queremos dar es necesario no sólo que el mensaje sea claro, y que tenga un contenido, sino que la forma elegida sea la adecuada. Debemos considerar al otro, si está receptivo, si puede escuchar lo que le quiero decir, por más que sea con buena intención, a veces el otro no está en condiciones de escuchar, o bien el tono del mensaje hace que se tome como una agresión o que se le dé un sentido que no es el que tiene.

La forma es el envase, por ejemplo darle agua limpia y pura a alguien en una lata llena de suciedad, o pretender que la tome mientras está haciendo  algo que requiere toda su atención, es deteriorar el contenido con el recipiente (forma) que uso. En estos casos la forma no es sólo el tono de voz o las palabras escogidas, sino también el momento en que hago dicha comunicación.




No hay comentarios:

Publicar un comentario