jueves, 18 de enero de 2018

¿Salvadores o marketineros?



Suponer que "salvamos" a alguien nos da una ilusoria sensación de superioridad... pero adivinen qué, si alguien anhela sentirse superior qué es lo que estará tratando de esconder?

Muchos creen que publicando críticas o ataques en las redes sociales, sin mover las posaderas del sillón, están ayudando a los más vulnerables. Creen que si critican algo se diferencian de ello... sin embargo ¡es tan frecuente criticar afuera lo que somos y no aceptamos! En psicología se llama "Proyección"

Creen que si critican algo queda claro que no son parte de lo que critican, y que el público supondrá que no sólo no se identifican con lo que critican sino que son lo opuesto. Es la vieja ley del contraste de la gestalt. Así Se rodean de feas para parecer linda, de tontos para parecer inteligentes, de vagos para parecer trabajadores, de ladrones para parecer honrados...

Atacando a alguien tratan de decir "miren que bueno, lúcido/ importante/ altruísta/ necesario... etc.. que soy".

Un mero ejercicio frente al espejo para vender (y venderse) una imagen.

Quien verdaderamente quiere hacerlo, ayuda en concreto y en silencio y no trata de cambiar a los que piensan diferente.

sábado, 14 de enero de 2017

La paradoja del paciente



Una parte nuestra necesita verse en sus falencias para poder crecer, y paradójicamente, nuestro ego se enfurece cuando lo ponen frente a un espejo...

Es necesario es saber dónde nos hemos equivocado para poder hacerlo mejor, pero también tememos que, si se dieran cuenta de los errores que cometemos ya no nos valoren, ya no nos quieran...

El camino del medio es el filo de una navaja, es sumamente delgado y debemos ser equilibristas pues, por ahí debemos acompañar a nuestros pacientes en su proceso de crecimiento, mostrarles SOLO lo que necesitan ver en su mínima expresión, ni siquiera un poco más que eso, porque no nos lo perdonarán.

martes, 28 de junio de 2016

¿Se debe cobrar la primera entrevista?

Una colega propone un debate sobre el tema de los honorarios.
Es una sesión, no una degustación, respondí con mi ironía usual. 
Lo primero que viene a mi cabeza es: ¿Te da trabajo?, ¿Ocupa tu tiempo?  Si es así, entonces debemos cobrarla. 

Eso no quiere decir que se cobre igual que la de quienes ya nos eligieron como terapeutas. 
Generalmente quien viene a consultarnos viene referido por alguien que sabe cuanto cobramos, pero, a veces son colegas que no vemos hace tiempo y que no están al tanto, por lo cual estoy de acuerdo en ajustar el valor de esa primera a las posibilidades, pero cobrarla. 

Nadie va a consulta esperando no pagar. Si llama por teléfono y me lo pregunta, le digo esa primera "tendrá un valor que puedas pagar", y si luego no podés pagar mis honorarios, como parte de mi trabajo incluyo el buscar alguien que maneje tu problemática y que pueda atenderte por lo que puedas pagar.

¿Que sucede con lo que parece una atención gratuita?
Pues eso, que al final nunca es gratuito, quiero decir, que tendrá un precio.

Si alguien viene a una consulta y habla de lo que le sucede, y luego  el profesional no cobra esa consulta, ¿cuál es la lectura que podemos hacer de ese hecho?   

 Hay varias posibles, una podría ser: "El paciente queda en deuda y se ve compelido a volver y a pagar", pero sin embargo habrá algo (esa primera entrevista) que quedará imponiendo una asimetría en cuanto al poder. ("Vos estás en deuda conmigo")  
Quien está en deuda no tiene el mismo derecho a reclamo que quien se encuentra en pie de igualdad. Para algunos enfoques es lícito plantear la relación en esos términos (asimétricos), para la visión existencialista no lo es. 

 Otra lectura podría ser que "El profesional no le da valor a lo que está dando..." (su tiempo su formación su conocimiento...)  y sabemos que muchos de nuestros pacientes vienen rengueando de esa misma patita: les cuesta valorarse o valorar su trabajo... o sea, que el espacio terapéutico será en parte una alianza desde la neurosis compartida ¿no?  


 Ese es otro de los regalos de nuestra profesión, que nos  impone superar nuestras propias limitaciones para estar a la altura de lo que el rol requiere.

lunes, 19 de octubre de 2015

El paso decisivo


A veces necesitamos una vida de preparación para dar un sólo paso. 

Uno de los mayores obstáculos para el crecimiento es el pánico de enfrentarnos a la posibilidad de que hayamos vivido equivocados, de que hayamos perdido momentos preciosos que ya no podemos recuperar. La sola idea de haber dejado ir el tiempo único que tenemos es un horizonte tan aterrador, que muchos harán todo y más para demostrarse a sí mismos y al mundo que hicieron la mejor elección posible, o que no tenían forma de cambiar las cosas… y ese es justamente el desastre, porque estando listos para dar el salto, y seguirán honrando elecciones obsoletas sin poder aceptar que el próximo paso quizás era dejar todo lo antiguo para enfrentar lo desconocido. 

Este hombre había dedicado su vida entera a "ser alguien”. Para él, ser alguien no era salvar vidas, no era educar, alcanzar la iluminación que da el saber espiritual. Ser alguien era tener más que otros, más dinero, más poder, y que nadie te pueda decir que no eres nadie.

Su padre había sido un hombre duro y exigente, de hecho muchos pensaban del hombre que era una mala persona, pero no estamos aquí para juzgar; si lo era seguramente tuvo lo que merecía porque todos en algún momento confrontamos  las consecuencias de nuestras propias elecciones. Como decía su padre trataba a los hijos como si fueran soldados de un pelotón con el agregado de que nada de lo que ellos hacían era suficientemente bueno. Todo siempre estaba mal. Así fue que el Aquel muchacho fue creciendo y se obligó a  ser el mejor en su trabajo y para ello sacrificó momentos preciosos con sus hijos, apenas si los vio crecer, sacrificó sus principios, y fue más allá de sus límites para conseguir lo que quería. 

Habían logrado finalmente una posición más que holgada, pero, la voz de su padre, aun después de muerto, seguía haciéndose oir, y nada era bastante. 

Entonces, como suele ocurrir con el enemigo al que no puedes derrotar, te transformas en él. Así ese hombre se fue tornando más y más descalificador, más y más autoritario, nada de lo que otros decían estaba bien, y la verdad ultima la tenía siempre él. A punto tal que no dejaba siquiera terminar a nadie de hablar, simplemente porque, al igual que su padre, no podía escuchar... porque escuchar es hacerle un lugar al otro, y esto te puede hacer reflexionar y si reflexionas corres riesgos de darte cuenta de que te esforzaste por agradar a alguien tu vida entera para nada. Y digo para nada porque de todos modos no podía amarte, porque nunca supo amarse a sí mismo ni a la vida que recibió como regalo... pero así es. Seguimos esperando haciendo caso omiso a aquella antigua máxima de urus, el sabio que decía que "nadie puede dar lo que no tiene”.

Lo supo cuando llegó a viejo, y empezó a soñar que algo, algún elixir, alguna tecnología, le daría mas años… quizás para poder hacer lo que no hizo, para tener una segunda oportunidad… y en esos sueños de inmortalidad se adormeció si poder dar el salto para que su humanidad dormida tomase el control. 

jueves, 24 de septiembre de 2015

De cara al pánico

Hace pocos días me escribió agradeciéndome un joven que participó de uno de mis talleres, alguien que dificilmente olvidaré pues su trabajo tuvo una intensidad y una emoción poco frecuentes. Trabajaba sus ataques de pánico.

A pocos segundos de comenzar su relato, nadie en la sala pudo evitar sentir lo que sentimos cuando el dolor de otro nos toca en el cuerpo. Nudos en la garganta, ojos húmedos, miradas que se deslizan hacia el suelo... no volaba una mosca y las miradas estaban ancladas al joven, como brazos que quieren sostener y abrazar, como diciendo: "No estás solo, estamos contigo." Mientras tanto él transitaba sus paisajes más desoladores llorando amargamente e iba tornándose más y más pequeño a medida que su miedo crecía. Sus ojos abiertos no percibían la habitación ni a las personas. Las imágenes fluían como rocas montaña abajo, desde otro lugar, desde un recoveco oscuro de su mente, inaccesible para todos. Su peor recuerdo lo acorraló con furia inusitada de un segundo a otro, se vio solo en un cuarto, lejos de casa, y supo que ninguna persona amada entraría por esa puerta. Sintió que su muerte podría llegar y su alma se estrujó al pensar que nadie estaría con el, que esa última escena, el último cuadro del último acto de su vida. Todo se reduciría a un cuerpo joven, yerto, tendido en el suelo de ese cuarto solitario al que nadie iba a visitar... Los días pasarían y la descomposición iría corrompiendo su belleza para transformarla en espanto y degtadación: lo único que quedaría de su vida.

Sabemos que moriremos es una parte inevitable de nuestra condición humana. Es un riesgo al que nos obliga la condición de estar vivos; pero, morir en soledad... dejar el cuerpo deteriorarse en medio de la nada. Sin ser llorado, Sin sepultura, es como nunca ser querido ni cuidado. Una pesadilla que puede ser de verdad aterradora.

Antes de que pudiera darse cuenta el miedo, transformado en un gigante se encontraba de pié justo frente a él. Respiraba en su cara. Nada podía ver sino al miedo. Inmenso, desafiante... Trató batallar, una y otra vez lo intentó. Pero el miedo no sólo se rehusaba a marcharse sino que se fortalecía con cada intento. Odió al miedo con todas sus fuerzas le gritó, lo empujó, trató de huir, usó todos los medios para erradicarlo de su vida, pero parecía nutrirse de su furia. Cuanto más lo atacaba más se fortalecía y más se daba cuenta de que nunca podría expulsarlo de su vida. Su futuro se esfumaba masticado en las fauces de semejante monstruo. No podía ver un horizonte, sólo al miedo al cual evitaba ver.

Entonces le dije que mirara de lleno a ese miedo, que clavara sus ojos en él y que lo escuchara también...

Sabemos que el mundo de los objetos es limitado, puede tener estructuras enormes y distancias gigantes pero, todo en el universo de los objetos tiene límite. No así en el de la fantasía; ese universo es sin límites, es por eso que el miedo de los niños es infinito, porque lo que no conocen lo completan con su imaginación y como es poca la información que tienen de su realidad la mayor parte la imaginan. Así sus miedos son gigantes y sus sueños y fantasías también lo son.

Al mirar a su miedo directamente éste comenzó a recular y a volverse menos gigante y menos poderoso. Le dije entonces que ya no lo viese como un enemigo del que necesitaba huir, sino como un aliado para cuidarlo... Se sorprendió, me miró ya sin angustia pero con perplejidad, como preguntándome ¿me estás diciendo acaso que el villano que me ha perseguido, llegando a confinarme en mi casa es mi aliado? ¿Cómo puede tu carcelero, tu torturador, ser tu aliado?
Lo es y siempre lo ha sido, le dije.

No es bueno ignorar al miedo pues cruzarías la calle sin ver si el semáforo te da paso, o andarías por barrios peligrosos, o escalarías una montaña sin equipo de seguridad... Nuestro cuerpo es frágil y sabemos que somos mortales, por eso nuestra propia existencia viene dotada de todos esos "sistemas de seguridad" para que podamos cuidar le nuestras vidas, sólo que, a veces. algo sucede y se desajusta una función, y necesitamos recalibrarla para que esté al servicio de la vida sin deteriorar su calidad.

El rostro del muchacho se iluminó, esa comprensión parecía darle seguridad. Miró a su miedo y lo increpó ¿por qué me persigues? ¡¿por qué me has acosado tantos años haciendo mi vida miserable?!  El miedo le respondió: "Nunca fue mi intención hacer tu vida miserable y mucho menos acosarte, sin embargo cuando quise hablar contigo no me escuchaste. Insistí y seguías obstinado en ignorarme. Escuchabas a los miedos de otros pero a mí no me escuchabas, escuchabas a las personas que te asustaron con sus propios miedos. Yo necesitaba desesperadamente que me oyeras, así que fui levantando la voz más y más, hasta gritarte, y se te hizo insoportable mi presencia, pero aun así, lejos de escucharme trataste una vez más de ignorarme y de silenciarme tomando medicamentos. Así que tuve que adaptarme y seguir insistiendo. No tengo la opción de abandonarte, pues mi misión es cuidar lo único precioso que existe para mi en este universo, y eso eres tu".

La forma y el contenido

Hace pocos días estaba dando un taller en el sur de Brasil, después de un día entero de trabajo muy intenso y en la mitad del segundo día y me propongo trabajar con el caso de un hombre que había sentido un dolor físico que lo acompañó la vida entera. Como es lógico, mi trabajo requiere un estado de concentración muy grande y para ello debo silenciar mi mente y hacer contacto escuchando atentamente a la persona con la que trabajaré. No es sólo la palabra sino también los tonos, los cambios, las pausas, todo dice algo, la posición, la mirada, los gestos... todo es parte de ese conglomerado significativo al que llamamos comunicación.

Todo iba bien hasta que desde el fondo del salón una participante del taller que ya había trabajado su tema, me interrumpe. Le pregunto que necesita y me dice que quiere hacerle una pregunta al participante con el que estaba trabajando. Es usual que las personas no conozcan el método de trabajo y que confundan el taller con un grupo terapéutico en el cual las preguntas entre los participantes son válidas sin embargo en un taller y con un tiempo acotado no podemos dar lugar a debates sobre cada caso. Le dije que no podía en ese momento. Volví a mi entrevistado y continué pidiendo información para encontrar algo donde entrar a su escena. Encuentro un punto lo suficientemente intenso y comienzo con su historia de la que obviamente no revelaré detalles. Seguidamente mientras estoy trabajando en la escena y van comenzando a  emerger los datos, la mencionada participante vuelve a interrumpir, pidiendo la palabra me llama. Salí de mi atención en el paciente y le dije que se quedara calma, mejor era que no se involucrase en ese momento con el trabajo presente pues ella ya había trabajado su tema y era importante quedarse en contacto con ese tema, aprovechando que mucha información había surgido.

Volví a mi  trabajo, nuevamente debo concentrarme pues las interrupciones me habían hecho olvidar lo que iba a proponer, finalmente retomo el hilo y continúo el trabajo y  pocos minutos después una tercera interrupción.

Tengo una regla para poner un límite a un adulto, que casi siempre me ha funcionado, y es primera vez lo pones con calma, la segunda vez explicas además por qué el límite, la tercera tendrás que ponerlo con fuerza, pues es obvio que no hay posibilidad de registro de dicho límite o intención de respeto.

Esta vez tuve que hacer explícito que necesitaba concentrarme para llevar mi trabajo adelante insistió que quería decirme algo de la persona con la que estaba trabajando... y le dije que ya tenía la información que necesitaba y que por favor me dejara trabajar.

Obviamente no lo tomó bien, pues quien no respeta un límite es porque se siente con el derecho a hacer lo que hace, y no entiende que está invadiendo el terreno de otro, o que está perturbando el campo de trabajo; simplemente quiere tomar un espacio. Dicho y hecho, se aproximó a mí en el intervalo diciendo que la había maltratado y esperando una disculpa.

Le dije que muy por el contrario, le había puesto las primeras dos veces el límite con cuidado, cuidando incluso de su proceso personal y recomendando que se enfocara allí, pero la tercera vez,  viendo que no iba a detenerse, tuve que preservar a la otra persona con la que estaba trabajando, y cuidar también de mi espacio de trabajo colocando un límite tan claro que sea imposible ignorar. Entonces le expliqué que a mi me había resultado violenta su insistencia, pues que un adulto me fuerce a poner un límite semejante y en presencia de más de treinta personas me resulta violento.

El sólo hecho de tener que poner un límite a otro adulto es difícil aunque a veces es necesario, de lo contrario nos estaríamos sometiendo todo el tiempo a los deseos y caprichos de los otros; pero ponerlo una segunda y una tercera vez, es sumamente perturbador. Cuando tienes una responsabilidad que abarca a un gran grupo de personas, siempre hay que priorizar al todo y no a la parte. En mi caso había otras treinta y cuatro personas en el taller, y tampoco podía permitirme que siguiera el día entero tratando de hacer mi trabajo, por más que crea saber cómo hacerlo.

Estoy seguro de que, detrás de esa demanda, ella necesitaba tener un lugar, un protagonismo en ese proceso de sanación a veces maravilloso que se da en un taller. Ella había recibido algo importante cuando trabajó y quizás quería aportar, devolver algo de lo recibido y ese puede ser el costado difícil, y es que generalmente hay un buen motivo detrás de cada conducta que nos agrede o nos incomoda. A veces no es la mala intención lo que mueve a alguien a desoír los límites, sino el entusiasmo por hacer algo que cree importante. Su buen motivo debía, sin duda, estar allí, pero el momento y la forma que eligió desvirtuó el sentido de lo que quería hacer,  la forma desvirtuó el contenido.

Por ello, en cada mensaje que queremos dar es necesario no sólo que el mensaje sea claro, y que tenga un contenido, sino que la forma elegida sea la adecuada. Debemos considerar al otro, si está receptivo, si puede escuchar lo que le quiero decir, por más que sea con buena intención, a veces el otro no está en condiciones de escuchar, o bien el tono del mensaje hace que se tome como una agresión o que se le dé un sentido que no es el que tiene.

La forma es el envase, por ejemplo darle agua limpia y pura a alguien en una lata llena de suciedad, o pretender que la tome mientras está haciendo  algo que requiere toda su atención, es deteriorar el contenido con el recipiente (forma) que uso. En estos casos la forma no es sólo el tono de voz o las palabras escogidas, sino también el momento en que hago dicha comunicación.




lunes, 21 de abril de 2014

Los psicólogos también lloran

Recuerdo la primera vez que lloré mientras atendía a un paciente, han pasado ya unos veinte años de ese día. Era un muchachito de 19 años. Inteligente y con un maravilloso sentido del humor, pero ese día no se lo veía animado como otras veces. Ya había perdido parte de la visión por causa del HIV y, con todo, su ánimo no se opacaba. Había salido airoso de varias situaciones extremas en sus internaciones, le hacía gambetas a la muerte. Esta sesión llegó serio. Le habían entregado los resultados de sus análisis. Me dijo: "tengo tan pocos CD4 que podría ponerles nombre..."dejó caer los papeles de los análisis y se quedó mirándolos y ocultando sus lágrimas. Yo estaba en mi sillón individual y él en en sofá de tres cuerpos frente a mí. Me levanté y me senté a su lado. Tomé su mano y eso fue suficiente para que se abrace a mí como si temiera caer a un precipicio. Así nos quedamos la sesión entera. Sin pronunciar palabra. Silenciosos en el abrazo mientras lo oscuro volaba a nuestro alrededor. Cuando era la hora, lo miré fijamente y le dije: no sabemos qué va a pasar; nadie puede saberlo, pero yo estoy aquí y vos también, y la próxima vez estaré nuevamente y espero que vos también. Y sí, estuvo esa y muchas, muchas otras sesiones; hasta que nos despedimos pues se enamoró y se fue a vivir con su amor a los Estados Unidos.