jueves, 24 de septiembre de 2015

De cara al pánico

Hace pocos días me escribió agradeciéndome un joven que participó de uno de mis talleres, alguien que dificilmente olvidaré pues su trabajo tuvo una intensidad y una emoción poco frecuentes. Trabajaba sus ataques de pánico.

A pocos segundos de comenzar su relato, nadie en la sala pudo evitar sentir lo que sentimos cuando el dolor de otro nos toca en el cuerpo. Nudos en la garganta, ojos húmedos, miradas que se deslizan hacia el suelo... no volaba una mosca y las miradas estaban ancladas al joven, como brazos que quieren sostener y abrazar, como diciendo: "No estás solo, estamos contigo." Mientras tanto él transitaba sus paisajes más desoladores llorando amargamente e iba tornándose más y más pequeño a medida que su miedo crecía. Sus ojos abiertos no percibían la habitación ni a las personas. Las imágenes fluían como rocas montaña abajo, desde otro lugar, desde un recoveco oscuro de su mente, inaccesible para todos. Su peor recuerdo lo acorraló con furia inusitada de un segundo a otro, se vio solo en un cuarto, lejos de casa, y supo que ninguna persona amada entraría por esa puerta. Sintió que su muerte podría llegar y su alma se estrujó al pensar que nadie estaría con el, que esa última escena, el último cuadro del último acto de su vida. Todo se reduciría a un cuerpo joven, yerto, tendido en el suelo de ese cuarto solitario al que nadie iba a visitar... Los días pasarían y la descomposición iría corrompiendo su belleza para transformarla en espanto y degtadación: lo único que quedaría de su vida.

Sabemos que moriremos es una parte inevitable de nuestra condición humana. Es un riesgo al que nos obliga la condición de estar vivos; pero, morir en soledad... dejar el cuerpo deteriorarse en medio de la nada. Sin ser llorado, Sin sepultura, es como nunca ser querido ni cuidado. Una pesadilla que puede ser de verdad aterradora.

Antes de que pudiera darse cuenta el miedo, transformado en un gigante se encontraba de pié justo frente a él. Respiraba en su cara. Nada podía ver sino al miedo. Inmenso, desafiante... Trató batallar, una y otra vez lo intentó. Pero el miedo no sólo se rehusaba a marcharse sino que se fortalecía con cada intento. Odió al miedo con todas sus fuerzas le gritó, lo empujó, trató de huir, usó todos los medios para erradicarlo de su vida, pero parecía nutrirse de su furia. Cuanto más lo atacaba más se fortalecía y más se daba cuenta de que nunca podría expulsarlo de su vida. Su futuro se esfumaba masticado en las fauces de semejante monstruo. No podía ver un horizonte, sólo al miedo al cual evitaba ver.

Entonces le dije que mirara de lleno a ese miedo, que clavara sus ojos en él y que lo escuchara también...

Sabemos que el mundo de los objetos es limitado, puede tener estructuras enormes y distancias gigantes pero, todo en el universo de los objetos tiene límite. No así en el de la fantasía; ese universo es sin límites, es por eso que el miedo de los niños es infinito, porque lo que no conocen lo completan con su imaginación y como es poca la información que tienen de su realidad la mayor parte la imaginan. Así sus miedos son gigantes y sus sueños y fantasías también lo son.

Al mirar a su miedo directamente éste comenzó a recular y a volverse menos gigante y menos poderoso. Le dije entonces que ya no lo viese como un enemigo del que necesitaba huir, sino como un aliado para cuidarlo... Se sorprendió, me miró ya sin angustia pero con perplejidad, como preguntándome ¿me estás diciendo acaso que el villano que me ha perseguido, llegando a confinarme en mi casa es mi aliado? ¿Cómo puede tu carcelero, tu torturador, ser tu aliado?
Lo es y siempre lo ha sido, le dije.

No es bueno ignorar al miedo pues cruzarías la calle sin ver si el semáforo te da paso, o andarías por barrios peligrosos, o escalarías una montaña sin equipo de seguridad... Nuestro cuerpo es frágil y sabemos que somos mortales, por eso nuestra propia existencia viene dotada de todos esos "sistemas de seguridad" para que podamos cuidar le nuestras vidas, sólo que, a veces. algo sucede y se desajusta una función, y necesitamos recalibrarla para que esté al servicio de la vida sin deteriorar su calidad.

El rostro del muchacho se iluminó, esa comprensión parecía darle seguridad. Miró a su miedo y lo increpó ¿por qué me persigues? ¡¿por qué me has acosado tantos años haciendo mi vida miserable?!  El miedo le respondió: "Nunca fue mi intención hacer tu vida miserable y mucho menos acosarte, sin embargo cuando quise hablar contigo no me escuchaste. Insistí y seguías obstinado en ignorarme. Escuchabas a los miedos de otros pero a mí no me escuchabas, escuchabas a las personas que te asustaron con sus propios miedos. Yo necesitaba desesperadamente que me oyeras, así que fui levantando la voz más y más, hasta gritarte, y se te hizo insoportable mi presencia, pero aun así, lejos de escucharme trataste una vez más de ignorarme y de silenciarme tomando medicamentos. Así que tuve que adaptarme y seguir insistiendo. No tengo la opción de abandonarte, pues mi misión es cuidar lo único precioso que existe para mi en este universo, y eso eres tu".

La forma y el contenido

Hace pocos días estaba dando un taller en el sur de Brasil, después de un día entero de trabajo muy intenso y en la mitad del segundo día y me propongo trabajar con el caso de un hombre que había sentido un dolor físico que lo acompañó la vida entera. Como es lógico, mi trabajo requiere un estado de concentración muy grande y para ello debo silenciar mi mente y hacer contacto escuchando atentamente a la persona con la que trabajaré. No es sólo la palabra sino también los tonos, los cambios, las pausas, todo dice algo, la posición, la mirada, los gestos... todo es parte de ese conglomerado significativo al que llamamos comunicación.

Todo iba bien hasta que desde el fondo del salón una participante del taller que ya había trabajado su tema, me interrumpe. Le pregunto que necesita y me dice que quiere hacerle una pregunta al participante con el que estaba trabajando. Es usual que las personas no conozcan el método de trabajo y que confundan el taller con un grupo terapéutico en el cual las preguntas entre los participantes son válidas sin embargo en un taller y con un tiempo acotado no podemos dar lugar a debates sobre cada caso. Le dije que no podía en ese momento. Volví a mi entrevistado y continué pidiendo información para encontrar algo donde entrar a su escena. Encuentro un punto lo suficientemente intenso y comienzo con su historia de la que obviamente no revelaré detalles. Seguidamente mientras estoy trabajando en la escena y van comenzando a  emerger los datos, la mencionada participante vuelve a interrumpir, pidiendo la palabra me llama. Salí de mi atención en el paciente y le dije que se quedara calma, mejor era que no se involucrase en ese momento con el trabajo presente pues ella ya había trabajado su tema y era importante quedarse en contacto con ese tema, aprovechando que mucha información había surgido.

Volví a mi  trabajo, nuevamente debo concentrarme pues las interrupciones me habían hecho olvidar lo que iba a proponer, finalmente retomo el hilo y continúo el trabajo y  pocos minutos después una tercera interrupción.

Tengo una regla para poner un límite a un adulto, que casi siempre me ha funcionado, y es primera vez lo pones con calma, la segunda vez explicas además por qué el límite, la tercera tendrás que ponerlo con fuerza, pues es obvio que no hay posibilidad de registro de dicho límite o intención de respeto.

Esta vez tuve que hacer explícito que necesitaba concentrarme para llevar mi trabajo adelante insistió que quería decirme algo de la persona con la que estaba trabajando... y le dije que ya tenía la información que necesitaba y que por favor me dejara trabajar.

Obviamente no lo tomó bien, pues quien no respeta un límite es porque se siente con el derecho a hacer lo que hace, y no entiende que está invadiendo el terreno de otro, o que está perturbando el campo de trabajo; simplemente quiere tomar un espacio. Dicho y hecho, se aproximó a mí en el intervalo diciendo que la había maltratado y esperando una disculpa.

Le dije que muy por el contrario, le había puesto las primeras dos veces el límite con cuidado, cuidando incluso de su proceso personal y recomendando que se enfocara allí, pero la tercera vez,  viendo que no iba a detenerse, tuve que preservar a la otra persona con la que estaba trabajando, y cuidar también de mi espacio de trabajo colocando un límite tan claro que sea imposible ignorar. Entonces le expliqué que a mi me había resultado violenta su insistencia, pues que un adulto me fuerce a poner un límite semejante y en presencia de más de treinta personas me resulta violento.

El sólo hecho de tener que poner un límite a otro adulto es difícil aunque a veces es necesario, de lo contrario nos estaríamos sometiendo todo el tiempo a los deseos y caprichos de los otros; pero ponerlo una segunda y una tercera vez, es sumamente perturbador. Cuando tienes una responsabilidad que abarca a un gran grupo de personas, siempre hay que priorizar al todo y no a la parte. En mi caso había otras treinta y cuatro personas en el taller, y tampoco podía permitirme que siguiera el día entero tratando de hacer mi trabajo, por más que crea saber cómo hacerlo.

Estoy seguro de que, detrás de esa demanda, ella necesitaba tener un lugar, un protagonismo en ese proceso de sanación a veces maravilloso que se da en un taller. Ella había recibido algo importante cuando trabajó y quizás quería aportar, devolver algo de lo recibido y ese puede ser el costado difícil, y es que generalmente hay un buen motivo detrás de cada conducta que nos agrede o nos incomoda. A veces no es la mala intención lo que mueve a alguien a desoír los límites, sino el entusiasmo por hacer algo que cree importante. Su buen motivo debía, sin duda, estar allí, pero el momento y la forma que eligió desvirtuó el sentido de lo que quería hacer,  la forma desvirtuó el contenido.

Por ello, en cada mensaje que queremos dar es necesario no sólo que el mensaje sea claro, y que tenga un contenido, sino que la forma elegida sea la adecuada. Debemos considerar al otro, si está receptivo, si puede escuchar lo que le quiero decir, por más que sea con buena intención, a veces el otro no está en condiciones de escuchar, o bien el tono del mensaje hace que se tome como una agresión o que se le dé un sentido que no es el que tiene.

La forma es el envase, por ejemplo darle agua limpia y pura a alguien en una lata llena de suciedad, o pretender que la tome mientras está haciendo  algo que requiere toda su atención, es deteriorar el contenido con el recipiente (forma) que uso. En estos casos la forma no es sólo el tono de voz o las palabras escogidas, sino también el momento en que hago dicha comunicación.